Las huellas llevan a Palacio

Por: César Lévano

Los medios de comunicación social dan cuenta a menudo de supuestos choques entre obreros de construcción que a veces dejan un saldo de muertos. Lo que callan es que esos episodios obedecen casi siempre a disputas internas de una mafia de hampones.

Esas bandas cumplen varias funciones. Por un lado, buscan suplantar a los sindicalistas auténticos. Dañan, por otro, la reputación de la organización obrera, para lo cual cuentan con el auspicio de órganos periodísticos proapristas. Por añadidura, cobran cupos a ingenieros y empresarios del sector, bajo amenaza de muerte.

 

La mafia es conocida por las autoridades del Interior y del Trabajo, pero nada hacen éstas por detener a los criminales.

Los jefes de esos grupos son inconfundiblemente delincuentes, incluso prontuariados; pero es evidente que, por ser afiliados a la Confederación de Trabajadores del Perú (CTP) controlada por el Apra, cuentan con el apoyo de Palacio y de sus portavoces mediáticos.

Los jefes más notorios de esos maleantes son Vicente Aponte y Augusto Ramos Dolmos.

Aponte tiene un currículo llamativo. En el año 2001 abandonó el izquierdismo para postular como candidato al Congreso en la lista de Unidad Nacional, cuya candidata presidencial era Lourdes Flores. En esa sorpresiva disidencia acompañó, sin fortuna, a José Luis Risco, quien sí se apoltronó en una curul.

Para aliviar su pena, Aponte buscó un lugar en la nómina de aspirantes al Congreso en el frente que postulaba a Valentín Paniagua. Lo tacharon, al parecer por malos antecedentes denunciados en el interior de esa alianza. En vista de tal naufragio, ha buscado consuelo como agente del Apra.

Su socio -y, ocasionalmente, rival, por cupos gansteriles- es otra alhaja, aunque un tanto devaluada, debido a su pasado carcelario y su codicia excesiva en la repartija de cupos. Tan desacreditado está el personaje, que hasta Elías Grijalva, presidente de la CTP y engreído funcionario del Banco de la Nación, lo ha expulsado de su central.

Cualquiera que haya visto las marchas de la CTP, se percata de que los manifestantes tienen más traza de presidiarios que de proletarios.

Los mafiosos se dividen por el dinero y se matan entre sí; pero los órganos oficialistas pretenden atribuir a los dirigentes de la CGTP autorías indemostrables.

La idea es dividir, desacreditar y reprimir a la central sindical más poderosa del país.

Apenas fundada, la CGTP fue clausurada por la dictadura fascista de Luis M. Sánchez Cerro. De inmediato surgió una central sustitutoria, manipulada por sindicalistas del Apra. El rechazo proletario la sepultó en el olvido.

Las maniobras de hoy, amparadas por el poder, tienen ya amplio repertorio de asesinatos. El Poder Ejecutivo y sus valedores están, también allí, jugando con fuego.

(Editorial de El Diario La Primera, 23 de mayo, 2009)

Los medios de comunicación social dan cuenta a menudo de supuestos choques entre obreros de construcción que a veces dejan un saldo de muertos. Lo que callan es que esos episodios obedecen casi siempre a disputas internas de una mafia de hampones.

Esas bandas cumplen varias funciones. Por un lado, buscan suplantar a los sindicalistas auténticos. Dañan, por otro, la reputación de la organización obrera, para lo cual cuentan con el auspicio de órganos periodísticos proapristas. Por añadidura, cobran cupos a ingenieros y empresarios del sector, bajo amenaza de muerte.

La mafia es conocida por las autoridades del Interior y del Trabajo, pero nada hacen éstas por detener a los criminales.

Los jefes de esos grupos son inconfundiblemente delincuentes, incluso prontuariados; pero es evidente que, por ser afiliados a la Confederación de Trabajadores del Perú (CTP) controlada por el Apra, cuentan con el apoyo de Palacio y de sus portavoces mediáticos.

Los jefes más notorios de esos maleantes son Vicente Aponte y Augusto Ramos Dolmos.

Aponte tiene un currículo llamativo. En el año 2001 abandonó el izquierdismo para postular como candidato al Congreso en la lista de Unidad Nacional, cuya candidata presidencial era Lourdes Flores. En esa sorpresiva disidencia acompañó, sin fortuna, a José Luis Risco, quien sí se apoltronó en una curul.

Para aliviar su pena, Aponte buscó un lugar en la nómina de aspirantes al Congreso en el frente que postulaba a Valentín Paniagua. Lo tacharon, al parecer por malos antecedentes denunciados en el interior de esa alianza. En vista de tal naufragio, ha buscado consuelo como agente del Apra.

Su socio -y, ocasionalmente, rival, por cupos gansteriles- es otra alhaja, aunque un tanto devaluada, debido a su pasado carcelario y su codicia excesiva en la repartija de cupos. Tan desacreditado está el personaje, que hasta Elías Grijalva, presidente de la CTP y engreído funcionario del Banco de la Nación, lo ha expulsado de su central.

Cualquiera que haya visto las marchas de la CTP, se percata de que los manifestantes tienen más traza de presidiarios que de proletarios.

Los mafiosos se dividen por el dinero y se matan entre sí; pero los órganos oficialistas pretenden atribuir a los dirigentes de la CGTP autorías indemostrables.

La idea es dividir, desacreditar y reprimir a la central sindical más poderosa del país.

Apenas fundada, la CGTP fue clausurada por la dictadura fascista de Luis M. Sánchez Cerro. De inmediato surgió una central sustitutoria, manipulada por sindicalistas del Apra. El rechazo proletario la sepultó en el olvido.

Las maniobras de hoy, amparadas por el poder, tienen ya amplio repertorio de asesinatos. El Poder Ejecutivo y sus valedores están, también allí, jugando con fuego.